12 diciembre, 2007

PIDO DISCULPAS


Últimamente mi dedicación al blog ha sido bastante poca, lo reconozco, a pesar de que durante todo este tiempo se han producido muchas cosas que afectan a la familia de forma directa. No es que haya perdido el interés por seguir aportando mi “granito de arena” a esta lucha contra aquellos que, sin descanso, atacan a todo lo que representa la institución familiar. Tampoco he tenido una “bloggercrisis” como la de Sonsoles (felizmente superada). Ni siquiera he decidido, como hace caraacara de vez en cuando, que hasta aquí he llegado, porque todavía queda mucho que hacer. Mi ausencia se ha debido a un problema de salud que comenzó hace algo más de diez meses, que fue empeorando con el paso del tiempo y que, a Dios gracias, se está solucionando con el paso por el quirófano hace un mes y con el reglamentario reposo postoperatorio en el que me encuentro en este momento.

¿Y porqué cuento esto? Pues por varios motivos:

Porque son varias las personas que se han interesado por mi “ausencia en la red”, y para evitar tener que estar contestando cada día a varios correos he pensado que era mejor contar una sola vez a todo el mundo lo que me había pasado y así matar dos pájaros de un tiro: tener informados a mis lectores de que la enfermedad se ha solucionado con “algo de chapa y pintura” y de paso obedecer al médico y evitar tener que estar más tiempo del debido cara al ordenador contestando a la gente.

Porque a pesar de no haber escrito ni un solo artículo durante todo el mes de noviembre, las visitas a “esta casa” no han disminuido, y diariamente sigue entrando mucha gente en busca de algo nuevo.

Porque después de esos “pequeños arreglillos” que me han hecho en la columna y una vez que haya cumplido con el periodo de reposo, ¡volveré!, pues he tenido mucho tiempo para pensar en todas las cosas que pueden ayudar a conseguir mejores familias.

Y porque quiero dar las gracias a todas las personas que han rezado por mi y por el éxito de la operación, y en especial a las que de forma anónima lo han hecho y a las que hasta la fecha no he podido agradecérselo por otro medio.

Por todo lo anterior creo que merece la pena que os pida disculpas por este largo silencio involuntario. ¡Hasta pronto!

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03 octubre, 2007

EL PROBLEMA DE LA FALTA DE TIEMPO


Nos quejamos, con razón, de que nuestros gobernantes no hagan más que aprobar leyes que van en contra de la familia. Protestamos cada vez que uno de esos ataques logra sus objetivos de minar las bases en las que se sustenta la institución familiar. Nos horrorizamos al comprobar cómo las estadísticas refrendan una crisis en los valores familiares provocada por agentes externos perfectamente estructurados. Y por último alzamos la voz y salimos a la calle cuando ya no queda más remedio que actuar -que siempre, dicho sea de paso, es demasiado tarde-. Pero nunca somos capaces de detectar las causas por las cuales un pequeño embate de los enemigos de la familia hace que se resientan los cimientos y se ponga en peligro toda la estructura. Y es que una de ellas es la manida disculpa de la falta de tiempo para atender nuestras obligaciones familiares.

Cada día es más común escuchar a los padres cosas como “me gustaría estar más tiempo al día con mis hijos, pero me es imposible”, “daría lo que fuera por poder estar más cerca de mi mujer, pero no tengo tiempo”, “si pudiera estaría más tiempo en casa haciendo todo lo que está pendiente”, “no tengo tiempo ni para mí”, y otras por el estilo. Y no se puede negar que en el mundo que nos ha tocado vivir las dificultades van en aumento y que
conciliar la vida laboral y familiar en este momento es una tarea ardua. Pero el problema no radica ahí sino en algo más profundo como es la escala de valores que uno tiene y la preponderancia que le da a las cosas.

No conozco a nadie que, un día tras otro, se queje de la falta de tiempo para comer hasta llegar a la inanición; y son realmente pocos los que tienen una afición y nunca encuentran un minuto de tiempo para dedicárselo. Porque, realmente, cuando uno quiere algo y considera que es prioritario, siempre encuentra tiempo para hacerlo. Sin embargo, no nos percatamos de que nuestra familia, nuestra mujer o nuestro marido y nuestros hijos, son algo vital que están esperando defraudados a que aprendamos a dedicarles un poco de tiempo solamente para ellos, sin tenerlo que compartir con periódicos, televisiones o trabajo.

Si somos capaces de ordenar nuestra vida y, por tanto, nuestras prioridades estaremos empezando a poner solución a tan alarmante incremento del número de matrimonios rotos y, por supuesto, también a otros problemas como el fracaso escolar o la violencia juvenil. Merece la pena intentarlo. En casa nos lo agradecerán.

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