31 diciembre, 2007

BUENOS PROPÓSITOS


Que la caída en picado que se ha producido en la calidad de enseñanza en nuestro país es una realidad, lo demuestran dos estudios internacionales publicados hace unos días -el Informe del nivel de lectura de la Asociación Internacional para la Evaluación de los Logros Educativos (IEA) y el Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA)-. Según estos estudios el retroceso en el nivel académico de nuestros alumnos nos sitúa por debajo de la media de los países de la OCDE y nos relega a las últimas posiciones dentro de la UE-27, lo que acentúa aún más la decadencia de nuestro sistema educativo. Y frente a estos datos, la actuación del gobierno no ha sido otra que la de quitar horas de refuerzo de asignaturas que podrían hacer que la situación cambiara de forma radical para implantar un engendro de asignatura alienante denominado Educación Para la Ciudadanía (EPC), que además va en contra del derecho de los padres a educar a sus hijos.

Estamos a final de año. Un momento en el que todo el mundo parece que se detiene a hacer balance y a formular buenos propósitos para el año nuevo. Sería bueno que los padres nos planteáramos seriamente que la mejor educación para que nuestros hijos sean buenas personas (y de paso buenos ciudadanos) se la debemos dar en casa, desde que nacen, porque si seguimos como hasta la fecha estaremos haciendo lo que el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, del que ya hablamos en
un artículo anterior, llama “Decálogo para formar un delincuente” (publicado en su libro “Reflexiones de un juez de menores”, Ed. Dauro) y que dice así:

1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2. No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3. Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.
4. No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5. Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7. Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8. Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

Ánimo, hay 366 días por delante para intentar cambiar la situación. Nuestros hijos y la sociedad nos lo agradecerán. ¡Feliz año nuevo!

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03 octubre, 2007

EL PROBLEMA DE LA FALTA DE TIEMPO


Nos quejamos, con razón, de que nuestros gobernantes no hagan más que aprobar leyes que van en contra de la familia. Protestamos cada vez que uno de esos ataques logra sus objetivos de minar las bases en las que se sustenta la institución familiar. Nos horrorizamos al comprobar cómo las estadísticas refrendan una crisis en los valores familiares provocada por agentes externos perfectamente estructurados. Y por último alzamos la voz y salimos a la calle cuando ya no queda más remedio que actuar -que siempre, dicho sea de paso, es demasiado tarde-. Pero nunca somos capaces de detectar las causas por las cuales un pequeño embate de los enemigos de la familia hace que se resientan los cimientos y se ponga en peligro toda la estructura. Y es que una de ellas es la manida disculpa de la falta de tiempo para atender nuestras obligaciones familiares.

Cada día es más común escuchar a los padres cosas como “me gustaría estar más tiempo al día con mis hijos, pero me es imposible”, “daría lo que fuera por poder estar más cerca de mi mujer, pero no tengo tiempo”, “si pudiera estaría más tiempo en casa haciendo todo lo que está pendiente”, “no tengo tiempo ni para mí”, y otras por el estilo. Y no se puede negar que en el mundo que nos ha tocado vivir las dificultades van en aumento y que
conciliar la vida laboral y familiar en este momento es una tarea ardua. Pero el problema no radica ahí sino en algo más profundo como es la escala de valores que uno tiene y la preponderancia que le da a las cosas.

No conozco a nadie que, un día tras otro, se queje de la falta de tiempo para comer hasta llegar a la inanición; y son realmente pocos los que tienen una afición y nunca encuentran un minuto de tiempo para dedicárselo. Porque, realmente, cuando uno quiere algo y considera que es prioritario, siempre encuentra tiempo para hacerlo. Sin embargo, no nos percatamos de que nuestra familia, nuestra mujer o nuestro marido y nuestros hijos, son algo vital que están esperando defraudados a que aprendamos a dedicarles un poco de tiempo solamente para ellos, sin tenerlo que compartir con periódicos, televisiones o trabajo.

Si somos capaces de ordenar nuestra vida y, por tanto, nuestras prioridades estaremos empezando a poner solución a tan alarmante incremento del número de matrimonios rotos y, por supuesto, también a otros problemas como el fracaso escolar o la violencia juvenil. Merece la pena intentarlo. En casa nos lo agradecerán.

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16 agosto, 2007

ME DESPIDO POR UNOS DÍAS


Ha llegado el momento de disfrutar de las tan ansiadas vacaciones, y este año de manera especial. Se acercan días grises y hay que “cargar las pilas” para poder aguantar el tirón. Por eso, durante los próximos quince días sólo voy a tener tiempo para mi familia, para disfrutar de mi mujer y de cada uno de mis hijos. Como dice mi gran amigo Aníbal Cuevas (el más audaz entre los audaces) “Las vacaciones son un tiempo ideal para afianzar los lazos familiares dedicando tiempo a los demás disfrutando juntos. Me parece una buena idea tomar nota de un par de propósitos o tres para disfrutar y mejorar la vida de familia. Uno de ellos puede ser hacer aquello que más le gusta a nuestro cónyuge y a nuestros hijos. Dedicar tiempo a escucharles y hablar con cada uno”. Y como hasta ahora ha acertado siempre en todos los consejos que me ha dado, voy a seguir haciéndole caso y voy a ponerlo en práctica (reconozco también que en algún momento del día -menos tiempo del que me gustaría- estaré tumbado como el de la imagen que acompaña este artículo, por aquello de fomentar “el valor terapéutico de la quietud”).

Hasta septiembre, si Dios quiere.

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31 diciembre, 2006

UN NUEVO AÑO


Estamos a unas horas de recibir el nuevo año. Este 2007 que, al igual que los años anteriores, a estas horas esperamos que venga cargado de buenos deseos y del que anhelamos todo lo mejor. Y es costumbre que, en estos momentos anteriores a que suenen las doce campanadas que despiden los 365 días pasados, hagamos balance de lo bueno y malo que nos han deparado y formulemos los propósitos que, como siempre, nunca llegaremos a cumplir; esos grandes propósitos que deberán marcar nuestras actuaciones durante los doce meses que tenemos por delante, pero que pasadas apenas unas horas, habremos descartado por imposibles.

Mi deseo para este nuevo año es que la sociedad vuelva a confiar en la familia, que desaparezcan los ataques que cada vez con mayor frecuencia se suceden contra esta institución, y que sepamos predicar con el ejemplo ante los que no piensan igual que nosotros. Y que estos propósitos los repitamos todos los días y hagamos balance de ellos por la noche, antes de irnos a dormir.

Desde La Familia les pido que sean mejores esposas, hijas y madres, o mejores maridos, hijos y padres. Por mi parte lo voy a intentar con todas mis fuerzas, a pesar de que soy consciente de todas mis limitaciones. Y es el único empeño que me he propuesto hoy, festividad de la Sagrada Familia, ante el Belén.

¡¡¡FELIZ 2007!!!

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