30 septiembre, 2008

DICEBAMUS HESTERNA DIE ...


Pues si, decíamos ayer (*) que estamos viviendo una época en la que los ataques a la familia se suceden a cada instante, cada día con más fuerza, desde los más diversos ámbitos y en cada nueva ocasión de forma más sibilina. Decíamos también que lo que se persigue es la transformación absoluta de la sociedad desde la óptica del relativismo moral, según el cual lo que está bien y lo que está mal sólo depende de la apreciación individual que cada uno tenga. Y que una de las herramientas más utilizadas es tratar de desnaturalizar la familia mediante el bombardeo mediático dirigido a los hijos.

Traigo esto a colación por
una noticia publicada hace unos días en un diario digital de ideología liberal-conservadora y que vienen a poner de manifiesto que el mensaje que se describía en el párrafo anterior ya ha calado en la sociedad. La noticia relata un hecho que ya ha sucedido en el pasado, aunque por desgracia es algo que cada vez se da con más frecuencia y no de forma esporádica como antaño. Sin embargo, lo que es preocupante es el nivel de los comentarios de los lectores. Da pena pensar que existen padres que se toman a broma la educación de sus hijos y que lo que verdaderamente les llenaría de orgullo es ver a sus retoños convertidos en “machos ibéricos”. Con gente así que cada vez abunda más (y si no me creen no tienen nada más que entrar a cualquiera de los miles de foros en los que da igual el tema que se trate porque siempre se acaba opinando de lo mismo) no es extraño comprobar cómo la sociedad se va poco a poco desmoronando. La prueba palpable son las crecientes cifras de separaciones, divorcios, abortos, maltrato, fracaso escolar y, si nadie pone remedio, en un corto periodo de tiempo selección genética de la raza tanto al comienzo de la vida como al final de la misma.

A pesar de no llegarle a la suela del zapato a Fray Luis de León y de no haber pasado ni la milésima parte de los contratiempos que sufrió él, me permito parafrasearle con su famoso “decíamos ayer” para continuar con mi pequeña aportación a favor de la vida y de la familia.


(*) Cuenta la tradición que después de haber sufrido casi cinco años de prisión injusta en los calabozos de la Inquisición, la Universidad de Salamanca le concedió a Fray Luis de León la cátedra de Escritura; y que al tomar posesión de la misma, empezó su lección diciendo “Dicebamus hesterna die ..." (Decíamos ayer...).

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31 diciembre, 2007

BUENOS PROPÓSITOS


Que la caída en picado que se ha producido en la calidad de enseñanza en nuestro país es una realidad, lo demuestran dos estudios internacionales publicados hace unos días -el Informe del nivel de lectura de la Asociación Internacional para la Evaluación de los Logros Educativos (IEA) y el Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA)-. Según estos estudios el retroceso en el nivel académico de nuestros alumnos nos sitúa por debajo de la media de los países de la OCDE y nos relega a las últimas posiciones dentro de la UE-27, lo que acentúa aún más la decadencia de nuestro sistema educativo. Y frente a estos datos, la actuación del gobierno no ha sido otra que la de quitar horas de refuerzo de asignaturas que podrían hacer que la situación cambiara de forma radical para implantar un engendro de asignatura alienante denominado Educación Para la Ciudadanía (EPC), que además va en contra del derecho de los padres a educar a sus hijos.

Estamos a final de año. Un momento en el que todo el mundo parece que se detiene a hacer balance y a formular buenos propósitos para el año nuevo. Sería bueno que los padres nos planteáramos seriamente que la mejor educación para que nuestros hijos sean buenas personas (y de paso buenos ciudadanos) se la debemos dar en casa, desde que nacen, porque si seguimos como hasta la fecha estaremos haciendo lo que el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, del que ya hablamos en
un artículo anterior, llama “Decálogo para formar un delincuente” (publicado en su libro “Reflexiones de un juez de menores”, Ed. Dauro) y que dice así:

1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2. No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3. Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.
4. No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5. Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7. Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8. Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

Ánimo, hay 366 días por delante para intentar cambiar la situación. Nuestros hijos y la sociedad nos lo agradecerán. ¡Feliz año nuevo!

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03 octubre, 2007

EL PROBLEMA DE LA FALTA DE TIEMPO


Nos quejamos, con razón, de que nuestros gobernantes no hagan más que aprobar leyes que van en contra de la familia. Protestamos cada vez que uno de esos ataques logra sus objetivos de minar las bases en las que se sustenta la institución familiar. Nos horrorizamos al comprobar cómo las estadísticas refrendan una crisis en los valores familiares provocada por agentes externos perfectamente estructurados. Y por último alzamos la voz y salimos a la calle cuando ya no queda más remedio que actuar -que siempre, dicho sea de paso, es demasiado tarde-. Pero nunca somos capaces de detectar las causas por las cuales un pequeño embate de los enemigos de la familia hace que se resientan los cimientos y se ponga en peligro toda la estructura. Y es que una de ellas es la manida disculpa de la falta de tiempo para atender nuestras obligaciones familiares.

Cada día es más común escuchar a los padres cosas como “me gustaría estar más tiempo al día con mis hijos, pero me es imposible”, “daría lo que fuera por poder estar más cerca de mi mujer, pero no tengo tiempo”, “si pudiera estaría más tiempo en casa haciendo todo lo que está pendiente”, “no tengo tiempo ni para mí”, y otras por el estilo. Y no se puede negar que en el mundo que nos ha tocado vivir las dificultades van en aumento y que
conciliar la vida laboral y familiar en este momento es una tarea ardua. Pero el problema no radica ahí sino en algo más profundo como es la escala de valores que uno tiene y la preponderancia que le da a las cosas.

No conozco a nadie que, un día tras otro, se queje de la falta de tiempo para comer hasta llegar a la inanición; y son realmente pocos los que tienen una afición y nunca encuentran un minuto de tiempo para dedicárselo. Porque, realmente, cuando uno quiere algo y considera que es prioritario, siempre encuentra tiempo para hacerlo. Sin embargo, no nos percatamos de que nuestra familia, nuestra mujer o nuestro marido y nuestros hijos, son algo vital que están esperando defraudados a que aprendamos a dedicarles un poco de tiempo solamente para ellos, sin tenerlo que compartir con periódicos, televisiones o trabajo.

Si somos capaces de ordenar nuestra vida y, por tanto, nuestras prioridades estaremos empezando a poner solución a tan alarmante incremento del número de matrimonios rotos y, por supuesto, también a otros problemas como el fracaso escolar o la violencia juvenil. Merece la pena intentarlo. En casa nos lo agradecerán.

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27 septiembre, 2007

SENTIDO COMUN

Muchas veces me he preguntado de dónde le viene al ser humano la capacidad para complicar las cosas, para hacer difícil lo que realmente es fácil. Y reconozco que no sabría dar una respuesta que fuera coherente, quizá porque soy consciente que también yo contribuyo a esa confusión o quizá porque es algo que está tan “a la orden del día” que es difícil tener una perspectiva de su alcance cuando uno lo está viviendo. Por eso, cuando aparece un testimonio de alguien que aplica el sentido común para explicar lo obvio sin tener que recurrir al discurso empalagoso, ni a las frases grandilocuentes que las más de las veces no dejan de ser sino expresiones huecas, se da cuenta de que vive en un mundo en el que no se hace nada más que complicar, enredar, embrollar, confundir, enmarañar, liar, intrincar, enrarecer y dificultar cualquier cosa en aras de que se entienda mejor.

Traigo esto a colación porque mi buen amigo Javier M.-M., extraordinario padre de familia numerosa preocupado por la formación de sus hijos, me ha enviado un correo electrónico en el que me invita a ver
un video de una charla sobre educación. Se trata de la intervención de D. Emilio Calatayud Pérez, Juez de Menores de Granada, en la V Tertulia del Consejo Escolar de La Comunidad de Madrid titulada "Familia y Escuela ante la Prevención de Conductas de Riesgo".

Comienza explicando la situación actual de las relaciones familiares diciendo entre otras cosas que “hay que llamar a las cosas por su nombre”, que “se es menor de edad hasta los 18 años, para lo bueno y para lo malo”, que la “Constitución, el estado democrático de derecho y las leyes ... han dado a los menores muchos derechos” mientras que los
artículos 154 y 155 del Código Civil “se han derogado socialmente”, aunque están en vigor; y que “el pertenecer a una familia no es «jauja»”, pues uno tiene sus derechos pero también tiene sus deberes.

Continúa enumerando las causas que han conducido a esta situación diciendo que “hemos evolucionado mucho, en muy poco espacio de tiempo”, pasando de ser padres autoritarios a ser colegas y amigos de nuestros hijos en una situación social en la que “hay que dialogar, hay que razonar y hay que argumentar” todo. Se les ha quitado la autoridad a los maestros y se les ha hecho ver a los alumnos que todos somos iguales. Se ha permitido que haya niños fuera del colegio en horario escolar, dejándolos desprotegidos ante la delincuencia y fomentando el fracaso escolar.

Por último, aporta soluciones para los padres (“tienen que apoyar a los centros escolares” y además, “tienen que ejercer de padres”) poniendo de manifiesto la importancia que tiene en la actualidad la formación para ser padres; para los colegios, poniendo medios para solucionar conflictos; para la sociedad, a la que le pide que abandone la hipocresía; y para el Legislador, al que demanda normas coherentes que pongan fin a la banalización y al todo vale que impera en nuestros días. Termina pidiendo un compromiso social y una ausencia de complejos para decir que no cuando sea necesario “sabiendo distinguir entre un no de protección y un no autoritario”.

Toda una lección magistral de sentido común en apenas veinte minutos.

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04 mayo, 2007

LA PÍLDORA DEL DIA DESPUÉS


Estamos en época de elecciones y, como ya es habitual, a los políticos se les llena la boca de promesas que, la mayor parte de las veces, sólo son un recurso para arañar un puñado de votos. Pero en el caso que nos ocupa, la promesa va más allá. Días atrás, un candidato se comprometió -si ganaba las elecciones del próximo 27 de mayo- “a dispensar gratuitamente la píldora poscoital a las menores de 26 años” y al resto de las mujeres “se dispensaría como medicamento” y “se obtendría en todos los centros sanitarios dependientes de la Consejería de Sanidad”.

Verdaderamente es muy triste comprobar como en la política vale todo con tal de conseguir el tan ansiado premio de gobernar. Y dentro de este “todo” se incluye el jugar con la vida de los no nacidos, poniendo como excusa futilidades tales como que los jóvenes carecen de “información de carácter sexual y reproductivo”, como que “un embarazo no deseado en una adolescente es un drama personal y un drama social”, o como que “en las setenta y dos primeras horas no se produce un aborto porque sólo hay un grupo de células”. Decía Honoré de Balzac que “La ignorancia es la madre de todos los crímenes”, y convendría recordarle a este político que hay infinidad de trabajos científicos que avalan el hecho de que esa píldora es abortiva. Convendría también recordarle que ante la actitud irresponsable de una gran parte de la juventud actual no caben grandilocuencias ni parches, sino actuaciones encaminadas a resolver los problemas y un giro radical en los planteamientos actuales de la sociedad.

El progreso ha conseguido hacer que el “estado del bienestar” consista en tener cada día más derechos y menos obligaciones; y que al mismo tiempo que se logra tener una vida más cómoda, se esté huyendo del compromiso hacia todas las cosas que requieren un esfuerzo a medio plazo. Y la culpa de que esto sea así se encuentra en la falta de responsabilidad de los padres en la educación de los hijos en el valor de la vida humana, en el respeto a los demás, en la entrega libre y generosa, en el verdadero amor, ..., en el sacrificio.

Recomiendo que lean
este artículo de una amiga chilena y que se detengan en los comentarios, especialmente en los de Loreto.

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06 abril, 2007

DE MAYOR, FUNCIONARIO


El pasado diciembre escribía en este blog un artículo titulado El relativismo moral, y en el mismo, una de las cosas que decía era que “... desgraciadamente, muchos jóvenes hoy encuentran fascinante este modo de vivir, que solamente les obliga a pensar en el presente, en el día a día, sin más horizontes que lo que vaya a pasar en el futuro más cercano; porque la recompensa es inmediata y no requiere ningún esfuerzo especial. Quizá esta situación ha sido provocada por una vida frecuentemente marcada por la incomunicación, por la falta de diálogo en familia, por las dificultades en el colegio o en el trabajo. O quizá sólo sea la falta de educación en el esfuerzo y en el afán de superación ...”. Un hecho ciertamente preocupante, ya que lo que parecía que se estaba implantando en nuestra sociedad era la ley del mínimo esfuerzo. Tan solo cuatro meses después una noticia publicada en un diario nacional, referida a una encuesta del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, recogía el hecho de que “más del 65% de los jóvenes universitarios españoles prefiere ser trabajador público a tener un contrato fijo en una empresa”, y venía a poner de manifiesto que ésta es una consecuencia directa de la falta de responsabilidad en la educación de los hijos.

Personalmente, no tengo nada en contra de los funcionarios, ya que -entre otras muchas cosas- prestan un servicio público de “intermediación” entre el estado y los ciudadanos. Sin embargo, en nuestro país tradicionalmente se ha asociado la idea de ser funcionario con un puesto de trabajo de por vida, con un horario fijo y sin horas extras, del que no te pueden despedir, en el que no te evalúan la productividad, en el que asciendes no por méritos sino por antigüedad y en el que hagas lo que hagas siempre vas a cobrar el mismo salario (vamos, lo que se dice un chollo). Quizá sea por eso por lo que es tan atractivo para ese elevado porcentaje de estudiantes universitarios ser funcionario, pero no debemos olvidarnos de que seguro que ha influido en una gran medida la deficiente educación que los padres estamos dando a nuestros hijos y la dejación de funciones en dicha tarea que cada día hacemos y que es asumida por la televisión, los amigos, la sociedad consumista y el marketing agresivo orientado hacia el “carpe diem”.

Prescindiendo de los temas relacionados con la productividad y la competitividad de nuestra economía -que, a buen seguro, se van a ver afectados de forma negativa-, lo que está en juego es la felicidad futura de nuestros hijos, ya que sólo valorarán aquello que consigan con esfuerzo y podrán disfrutarlo en la medida en que les haya costado conseguirlo. Es cuestión de ponerse manos a la obra y trabajar sin descanso en su educación.

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26 febrero, 2007

ENSEÑAR A SER RESPONSABLES


Últimamente, y cada día que pasa con mayor frecuencia, oímos a muchos matrimonios quejarse de que sus hijos no les obedecen y que están en casa como si fuera en un hotel de cinco estrellas. Dicen los padres que es por las influencias externas, por la mala educación de los amigos, por los cambios que ha experimentado la sociedad, por el exceso de información que hay en el ambiente, ..., pero se olvidan de enumerar la causa más importante: la falta de responsabilidad con la que hoy educamos a nuestros hijos. Desde una sociedad basada en el consumismo más feroz, se ha sustituido la familia por una especie de “fábrica de seres egoístas” que sólo piensan en sus derechos. Y es que, ya desde pequeñitos, estamos acostumbrando a nuestros hijos a que no les falte de nada, a que cualquier capricho que tengan lo consigan sin esfuerzo, a que no padezcan el más mínimo sufrimiento, a sobreprotegerles ante cualquier adversidad que se les presente y a que, en definitiva, abominen de todo aquello que tenga que ver con sus responsabilidades. Y son esas responsabilidades las que debemos fomentar en el ámbito familiar, ya que al fin y al cabo, nuestros hijos forman parte de la unidad familiar y deben colaborar en el buen funcionamiento de la misma. Así, debemos enseñarles a cooperar en los trabajos ordinarios que se dan en el funcionamiento diario de cada familia mediante la asignación de encargos adecuados a su edad. Con ello estaremos ayudando a nuestros hijos en el desarrollo de su personalidad, fomentando su sociabilidad, estimulando el aprendizaje del trabajo en equipo, potenciando la importancia del esfuerzo, y, sobre todo, enseñando a nuestros hijos a ser responsables siendo generosos y agradecidos mientras piensan en los demás.

¡Ah!, y para no caer en el error de que nuestros hijos desobedezcan y estén “de hotel” en casa, en ningún caso hemos de hacer nosotros el encargo de nuestros hijos (es evidente que cuando son pequeños nosotros lo haremos mejor y más rápido, pero ellos pensarán “para qué esforzarme en hacerlo si luego vendrán mis padres y lo harán de todas formas”).

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07 octubre, 2006

USO RESPONSABLE DEL TELÉFONO MÓVIL


Hace algo más de una década nadie se podía imaginar que en un corto espacio de tiempo se pudiera tener una dependencia tan grande del teléfono móvil. Que el susodicho aparato iba a ser beneficioso para las comunicaciones, nadie lo dudaba. Que iba a permitir estar más disponible para los negocios o para las urgencias, era algo que se esperaba. Que a los posibles usuarios del mismo en un caso extremo les iba a restar intimidad e independencia, era algo que sólo muy pocos podían aventurar. Pero que los usuarios de telefonía móvil superaran en España al número de habitantes (ver noticia), era algo impensable. Y es que desde el 31 de marzo, esto es así.

Hoy, a nadie extraña ver a gente de cualquier edad manejando un móvil. Pero eso que se ha hecho normal en nuestra sociedad no deja de generar situaciones peligrosas para los usuarios, de manera especial para los más jóvenes. A diario podemos comprobar cómo cada vez más pequeños, los niños están “enganchados”. Y esta adicción facilita el aislamiento con sus padres, los cuales terminan por ignorar las actividades de sus hijos y quienes son sus amistades. La conclusión de esto es que se genera un gasto más en la familia que cada vez va en aumento, al ofrecer las compañías proveedoras más contenidos (internet, juegos, logos, tonos, ...) lanzados al mercado con fuertes y agresivas campañas de marketing.

La solución a estos problemas -que desgraciadamente van en aumento- viene de la mano de permitir el uso en función de la edad de los hijos. Así tenemos que hasta los 10/11 años se desaconseja tanto la posesión como el uso de los móviles (en el fondo no existe ninguna necesidad que justifique su uso). Entre los 11 y los 13 años, los hijos no tienen formado un criterio para el uso adecuado, por lo que no se les debe permitir tener uno, aunque pueden hacer uso del móvil familiar de forma esporádica (generalmente en excursiones). Entre los 13 y los 15 años, pueden disponer del móvil familiar de manera más asidua, aunque se desaconseja su posesión. Entre los 16 y los 18 años, pueden tener un móvil propio pero deben ajustar su uso a las normas establecidas en el seno de la familia y deben hacerse totalmente responsables de su mantenimiento.

Al igual que comentábamos con los videojuegos, los teléfonos móviles para nuestros hijos no tienen porqué ser nocivos si les educamos en la sobriedad y en la responsabilidad. De esta manera podemos conseguir algo fundamental: que el uso del móvil no se torne en abuso.

NOTA La información utilizada en este comentario ha sido obtenida del folleto editado por la Dirección de Comunicación de FOMENTO de Centros de Enseñanza denominado “Internet, chats, videojuegos y móviles. Criterios para un uso responsable” .

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05 octubre, 2006

USO RESPONSABLE DE LOS CHATS


Casi con absoluta certeza podríamos afirmar que uno de los mayores peligros para las familias que ha traído consigo la espectacular evolución sufrida por la tecnología es la aparición de los “chats”. Concebidos en un principio como lugares “virtuales” de reunión para charlar de diferentes temas (generalmente por edades o aficiones), se han convertido, gracias al anonimato absoluto de que gozan los participantes, en una fuente de riesgos para la formación moral y humana de los hijos. Está demostrado que hay un porcentaje muy grande de usuarios que mienten sobre sus datos personales y sobre sus intenciones, lo que trae consigo una probabilidad muy alta de entrar en contacto con pederastas, secuestradores, bandas de delincuencia organizada, redes de prostitución y tráfico de menores, grupos terroristas y redes de narcotráfico.

Ante este panorama, lo más sensato sería recomendar a los hijos que no utilizaran este “medio de comunicación”, pero como ante todo está su libertad personal (aunque hay algún amigo que piensa que en estos temas no hay que andarse con “paños calientes”) sería conveniente tener claros los criterios para un uso responsable: A) Limitar el tiempo de uso; B) Prohibir “chatear” en horario nocturno en el que abundan los contenidos desaconsejables; C) Informar a los hijos de los riesgos que se pueden derivar de “chatear” con desconocidos; D) Advertirles de que en ningún caso deben facilitar ningún tipo de información sobre ellos o sobre los miembros de la familia; E) Advertirles, igualmente, para que no se citen nunca con personas que hayan “conocido” en la red; F) Insistir en que no deben seguir “investigando” por su cuenta cuando reciban o vean alguna cosa rara o desagradable.

Insisto, a la vista de lo anterior es lo más sensato desaconsejar el uso de los “chats”, ya que en el fondo no aportan nada a la formación humana de nuestros hijos y sí pueden ser extremadamente peligrosos para su integridad moral.


NOTA La información utilizada en este comentario ha sido obtenida del folleto editado por la Dirección de Comunicación de FOMENTO de Centros de Enseñanza denominado “Internet, chats, videojuegos y móviles. Criterios para un uso responsable” .

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04 octubre, 2006

USO RESPONSABLE DE LOS VIDEOJUEGOS


A mediados de Agosto, con motivo del inminente lanzamiento al mercado de un videojuego, que hacía apología de la violencia y del sexo como garantes del éxito, escribí un artículo “¿Videojuegos para niños?” en el que denunciaba la falta de control que existe sobre estos productos. Hoy retomo aquel hilo para intentar dar a los padres una serie de criterios para su uso responsable, ya que la utilización de los videojuegos por un menor de manera abusiva y sin control puede generar en él: adicción; nerviosismo y ansiedad; aislamiento o falta de atención hacia su entorno; y la asimilación de valores distintos u opuestos a los de su familia, por el hecho de estar recibiendo de manera repetitiva estímulos contrarios a los que recibe en su hogar. Sin duda, una serie de problemas que pueden dar al traste con la educación que se les está dando en casa.

Y para paliar estos problemas, nada mejor que: A) Moderar su uso para que no reste tiempo del estudio, sueño, deporte, amigos o familia; B) Jugar en compañía de otros niños (hermanos, amigos, familiares, ...); C) Utilizar los videojuegos en las zonas comunes de la casa, pero nunca en las habitaciones de los hijos; D) Realizar una selección adecuada de los juegos que se van a utilizar. Esta selección debe ir enfocada a: elegir juegos provistos de memoria para que el niño pueda grabar la parte completada y no tenga que volver a empezar de cero o no tenga que terminar de forma obligatoria la partida; contrastar los contenidos y la calificación del juego; escoger los juegos para más de un jugador; procurar que el juego se termine en un tiempo prudencial, para evitar la ansiedad por llegar a la meta; y por último, intentar que los valores que transmiten sean coherentes con los valores familiares, evitando la violencia gratuita y los contenidos eróticos (que generalmente se suelen presentar de forma muy sutil y subliminal).

Por supuesto, los videojuegos no tienen porqué ser malos siguiendo estos criterios de uso y selección, pues pueden desarrollar el afán de superación de los hijos; pueden mejorar y acrecentar la rapidez de razonamiento; pueden estimular la concentración, lo cual es altamente adecuado para niños hiperactivos; pueden desarrollar los reflejos y la agilidad mental; y permiten desarrollar y mejorar la coordinación manual.


NOTA La información utilizada en este comentario ha sido obtenida del folleto editado por la Dirección de Comunicación de FOMENTO de Centros de Enseñanza denominado “Internet, chats, videojuegos y móviles. Criterios para un uso responsable” .

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28 julio, 2006

EDUCAR: MEJOR EN VIRTUDES


Hace unos días, un buen amigo escribía un artículo en su blog haciendo referencia al hecho de que “vivimos en una sociedad en la que la razón, las ideas, han sido sustituidas por el sentimiento”, es decir, que estamos “en la sociedad de lo «emocionalmente correcto»”, en la que lo que prima es “la superficialidad, el deseo de conseguir las cosas sin esfuerzo, el deseo de agradar”. Esto me ha llevado a pensar detenidamente en cuáles podrían ser los motivos para que, en apenas treinta años, los españoles hayamos cambiado tanto. Y he llegado a la conclusión de que el factor principal ha sido el cambio de objetivos en el sistema educativo, tanto en el seno de la familia, como en el colegio: hemos pasado de educar a nuestros hijos en virtudes a apostar por la educación en valores.

A priori, no parece que haya mucha diferencia entre los dos sistemas. Es más, cuando hablamos con otros padres -también preocupados por la educación de sus hijos- nos comentan que es una simple cuestión de matices, que en el fondo da igual hablar de virtudes o de valores. Y ahí es donde se encuentra la raíz del problema. ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? Una diferencia abismal, tanto en el contenido de la educación, como en los medios para llevarla a cabo.

Si nos atenemos al contenido, sabemos que en la educación en virtudes se sabe con certeza qué es lo que se tiene que enseñar y es sencillo llevarla a cabo, pues las virtudes están inscritas en la naturaleza humana, y son los hábitos, es decir, los modos de actuar contrarios al mal, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad, fortaleza, justicia, prudencia, templanza. Sin embargo, la educación en valores tiene más matices y es más relativa, pues los valores cambian en función de las culturas, las épocas, las personas que los trasmiten o las personas a quienes han de ser transmitidos. Además, no es sencillo decidir qué valores enseñar; pues en la mayoría de los casos éstos son sólo algunos aspectos de las virtudes, que aparentemente se encuentran al margen de ellas: la solidaridad es una aplicación de la caridad; la tolerancia, de la generosidad; la responsabilidad, de la caridad; el optimismo, de la esperanza; la laboriosidad, de la diligencia; ...

En cuanto a los medios para desarrollar la educación, la diferencia fundamental se centra en el eterno dilema: con Dios o sin Dios. Mientras que la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre y su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios; la educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios de cualquier confesión o por políticos de cualquier signo, ya que en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta.

Educar en virtudes es mucho más fácil que educar en valores, puesto que es educar según la naturaleza verdadera del hombre. Mientras que la educación en valores no llega a producir buenos resultados (vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, ...-), la formación en virtudes hace que todas las personas encuentren facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos.

No tengo ninguna duda, la educación: mejor en virtudes.

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24 julio, 2006

LOS HIJOS: LO MAS IMPORTANTE


Hace unos días, concretamente el 12 de julio pasado, escribía en el post “El arte de educar” que en el tema de la educación ya está todo inventado. Venía esto a colación por el hecho de que, en la actualidad, muchos padres estamos preocupados por la educación de nuestros hijos, al comprobar la cantidad de estímulos externos que ellos reciben cada día y que en la mayoría de las ocasiones van en contra de los principios que queremos transmitirles. Pensamos que en estas condiciones es mucho más difícil educar a los hijos que lo fue para nuestros padres. Sin embargo, esto no es así. Ayer, navegando en internet en busca de nuevos temas para este blog descubrí el siguiente texto:

“Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo. No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.

Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso. En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad -o la verdad entera- que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan. En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.”

Se trata de un fragmento de una homilía pronunciada en Navidad de 1970 por San Josemaría, en la que se muestra la afirmación de que todo está inventado. ¡Pero es que además funciona!

Creo que sobra cualquier otro comentario.

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