07 febrero, 2008

A POR LA FAMILIA


Durante el año y medio largo que lleva este blog en la red he podido constatar muchas cosas relativas a la familia y a su entorno. En la mayoría de los casos son positivas, pues muestran que, a pesar de los ataques que recibe, la institución familiar está fuerte y responde a todas las agresiones mostrando una solidez que ya la querrían para sí cualesquiera otras organizaciones de la sociedad. Sin embargo, y por desgracia, también he podido comprobar cómo los ataques se redoblan cada día con más fuerza, desde los más diversos ámbitos; cómo en cada nueva ocasión se llevan a cabo de manera más sibilina, tratando de mostrar siempre una “cara amable” que no esconde sino un plan perfectamente orquestado para conseguir doblegar los valores naturales en los que se asienta; cómo sus enemigos buscan con afán desnaturalizarla mediante el bombardeo mediático dirigido a sus miembros más débiles: los hijos, con el objetivo de inculcarles sus principios ideológicos basados en los “-ismos” (relativismo, "buenismo", laicismo, gnosticismo, ...), todos ellos opuestos a los valores tradicionales de la familia; cómo, en definitiva, se persigue con todo ello la transformación absoluta de la sociedad en la que el hombre, libre de las “ataduras morales” que radican en el seno de la familia, pierda toda su dimensión en aras de alcanzar la perfección humana sólo con su esfuerzo.

No creo haberme equivocado mucho en mi análisis, porque es evidente que esto es lo que está pasando en la actualidad (de manera más acentuada en mi país) y aunque les cueste reconocerlo a los que me tachan de catastrofista (palabra muy utilizada en esta precampaña electoral por aquellos que se auto-proclaman progresistas y tolerantes, aunque no están dispuestos a “tolerar” al que discrepa) no hay nada más que recurrir a las hemerotecas para comprobarlo. ¡Y eso, a pesar de que la inmensa mayoría de los medios de comunicación están de su parte!

En el fondo, todo se reduce al binomio más antiguo de la humanidad: el hombre que juega a ser Dios unido a un afán desmedido por alcanzar el mayor poder. Y en esta carrera a ninguna parte (acumulan tesoros y gloria para ser, al cabo de unas decenas de años, los más ricos y poderosos del ... ¡¡¡cementerio!!!) tienen que quitarse de en medio todos los obstáculos que les impiden alcanzar sus fines, empezando por el lugar en el que se transmiten los valores naturales en los que se forma a la persona: la familia; y dentro de ella rompiendo los matrimonios, promoviendo el desprecio a la vida, relativizando la moral, inculcando los principios del laicismo, adoctrinando a los hijos en contra de la opinión de sus padres, permitiendo el menosprecio a la autoridad, fomentando la violencia mediante la “ley del más fuerte”, ...

Ya se sabe, todo vale con tal de tener poder, de conseguir la mayor influencia política, social y económica. ¡Maldita masonería!

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06 julio, 2007

¿QUÉ ES MEJOR ...


Desde que tengo este blog (que, por cierto, hoy cumple un año), me he ido acostumbrando a recibir todo tipo de comentarios a los artículos que escribo. Por regla general suelo publicarlos todos, o al menos aquellos que dan su opinión al tema de que se trate, sin entrar en descalificaciones personales o insultos. Es “norma de la casa” aunque algunos no lo entiendan y hablen en otros foros y en sus blogs de censura, e incluso envíen mensajes aprobatorios bajo nombres supuestos con la finalidad de probar la existencia de dicha “censura”. Comento esto porque hace unos días recibí un mensaje a propósito de este artículo en el que una persona, apelando a mis “posibles fobias homosexuales” trataba de ponerme en el aprieto de contestar la pregunta que me hacía: “¿Es mejor que un niño no sea adoptado de un orfanato a que lo adopte una pareja homosexual?”.

No pensaba contestarle, ya que después de visitar su blog he podido comprobar la confusión mental que tiene en un montón de asuntos (desde tratar de relacionar el catolicismo con ser vegetariano o la de llamarnos “asesinos” a los que no practicamos esa “forma de vida” o a los que nos gustan las corridas de toros), pero ha seguido insistiendo con mensajes y con artículos en su blog, y creo que lo mejor es dejar clara mi postura en este tema, si es que no he sido suficientemente explícito hasta la fecha en diferentes artículos.

Pienso, por haberlo constatado en múltiples ocasiones y por haberlo escuchado a diversos investigadores médicos (de diferentes grupos políticos y distintas religiones), que la homosexualidad es una disfunción de la que no es culpable quien la sufre; y conozco a bastantes homosexuales que comparten esta afirmación. Por este motivo creo que existen multitud de formas de ayudar a estas personas, sin por ello tener que recurrir a “normalizar” lo que por naturaleza es “anormal”. Es decir, estoy absolutamente a favor de que se les reconozcan a los homosexuales los derechos que puedan tener cualesquiera otras personas, pero estoy también absolutamente en contra de que a sus uniones se les llame matrimonio y a que, tomando como base esta definición, los homosexuales puedan adoptar niños; pues un niño necesita de un padre y de una madre para crecer sin que se resienta de algún modo su estado psíquico natural y ninguna de esas dos figuras puede ser sustituida aleatoriamente por otra del mismo sexo sólo porque medie en ello la satisfacción del placer de uno de ellos.

Con esta “declaración de principios” contesto a mi llamémosle “anónimo visitante” que no se trata de escoger entre un mal menor y otro mayor, ya que por la misma regla se podía preguntar: ¿qué es mejor que te torturen durante varios días hasta matarte o que te corten un brazo y una pierna y dejar que te desangres?. Me imagino que nadie en su sano juicio elegiría ninguna de ellas.

¡Ah!, y en cuanto a que lo importante es “lo buenos padres o madres que realmente sean independientemente de su número y genero” sólo decirte que si ya es difícil educar a los hijos en un matrimonio de hombre y mujer, no me imagino lo que sería en una "comuna" de tres gays, dos lesbianas y cuatro transexuales, que según tu “eso es una verdadera familia” pues no importa ni el número, ni el género. ¡Qué país!

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22 noviembre, 2006

EL “BUENISMO”


De un tiempo a esta parte se ha ido implantando en la sociedad de los países avanzados una nueva cultura basada en sucedáneos de conceptos tales como PAZ, AMOR, TOLERANCIA, RESPETO, CONCORDIA, ..., todos ellos muy loables en sus fines, pero aplicados de una forma que no está en consonancia con el significado que quieren transmitir. Me refiero al “BUENISMO”, una manera de vida que, desde el sentimiento, busca transmitir la idea de que el hombre sólo debe rendir cuentas de su forma de actuar ante la sociedad y ante la historia. Esta ideología trae consigo, como dijo recientemente el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Manuel Monteiro de Castro, “consecuencias desastrosas” y recalcó que “la historia del Antiguo, del Nuevo Testamento, así como la de estos últimos siglos y la de nuestros días, nos muestra las barbaridades cometidas teniendo como base una ética sin referencia a Dios".

Nos preocupamos, pero sólo durante el tiempo que duran las noticias en la televisión, de la patera que llega a nuestras costas cargada de inmigrantes exhaustos; lloramos por los muertos en actos de terrorismo, pero únicamente el día en el que ocurre la desgracia; ponemos a Dios en “solfa” por permitir que sucedan catástrofes como los tsunamis o los terremotos, sin embargo en apenas cuarenta y ocho horas hemos vuelto a “la normalidad”. Aplaudimos en los funerales al difunto (creo yo que siguiendo una fea costumbre), acompañamos en el sentimiento a cantantes y folclóricas, sufrimos con las “desgracias” que les suceden a personajes de la “jet”, ..., pero nos olvidamos de lo más básico como es la dignidad propia de cada hombre, la vida humana como valor fundamental y el valor de la identidad característica de todo ser humano. Estamos sacando a Dios de nuestras vidas, amoldando sus enseñanzas a nuestros intereses, interpretando su palabra a nuestro libre albedrío y quedándonos sólo con aquellas cosas del Evangelio que no nos cuestan sacrificio. En esta tesitura, ¿cómo vamos a transmitir a nuestros hijos una verdadera educación basada en valores y virtudes? ¿qué nos responderán cuando vean la incoherencia que existe entre lo que les enseñamos y lo que luego hacemos? ¿cómo actuarán ellos el día de mañana cuando afronten las obligaciones y responsabilidades de crear una familia?

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28 julio, 2006

EDUCAR: MEJOR EN VIRTUDES


Hace unos días, un buen amigo escribía un artículo en su blog haciendo referencia al hecho de que “vivimos en una sociedad en la que la razón, las ideas, han sido sustituidas por el sentimiento”, es decir, que estamos “en la sociedad de lo «emocionalmente correcto»”, en la que lo que prima es “la superficialidad, el deseo de conseguir las cosas sin esfuerzo, el deseo de agradar”. Esto me ha llevado a pensar detenidamente en cuáles podrían ser los motivos para que, en apenas treinta años, los españoles hayamos cambiado tanto. Y he llegado a la conclusión de que el factor principal ha sido el cambio de objetivos en el sistema educativo, tanto en el seno de la familia, como en el colegio: hemos pasado de educar a nuestros hijos en virtudes a apostar por la educación en valores.

A priori, no parece que haya mucha diferencia entre los dos sistemas. Es más, cuando hablamos con otros padres -también preocupados por la educación de sus hijos- nos comentan que es una simple cuestión de matices, que en el fondo da igual hablar de virtudes o de valores. Y ahí es donde se encuentra la raíz del problema. ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? Una diferencia abismal, tanto en el contenido de la educación, como en los medios para llevarla a cabo.

Si nos atenemos al contenido, sabemos que en la educación en virtudes se sabe con certeza qué es lo que se tiene que enseñar y es sencillo llevarla a cabo, pues las virtudes están inscritas en la naturaleza humana, y son los hábitos, es decir, los modos de actuar contrarios al mal, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad, fortaleza, justicia, prudencia, templanza. Sin embargo, la educación en valores tiene más matices y es más relativa, pues los valores cambian en función de las culturas, las épocas, las personas que los trasmiten o las personas a quienes han de ser transmitidos. Además, no es sencillo decidir qué valores enseñar; pues en la mayoría de los casos éstos son sólo algunos aspectos de las virtudes, que aparentemente se encuentran al margen de ellas: la solidaridad es una aplicación de la caridad; la tolerancia, de la generosidad; la responsabilidad, de la caridad; el optimismo, de la esperanza; la laboriosidad, de la diligencia; ...

En cuanto a los medios para desarrollar la educación, la diferencia fundamental se centra en el eterno dilema: con Dios o sin Dios. Mientras que la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre y su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios; la educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios de cualquier confesión o por políticos de cualquier signo, ya que en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta.

Educar en virtudes es mucho más fácil que educar en valores, puesto que es educar según la naturaleza verdadera del hombre. Mientras que la educación en valores no llega a producir buenos resultados (vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, ...-), la formación en virtudes hace que todas las personas encuentren facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos.

No tengo ninguna duda, la educación: mejor en virtudes.

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