A POR LA FAMILIA
No creo haberme equivocarme mucho en mi análisis, porque es evidente que esto es lo que está pasando en la actualidad (de manera más acentuada en mi país) y aunque les cueste reconocerlo a los que me tachan de catastrofista (palabra muy utilizada en esta precampaña electoral por aquellos que se auto-proclaman progresistas y tolerantes, aunque no están dispuestos a “tolerar” al que discrepa) no hay nada más que recurrir a las hemerotecas para comprobarlo. ¡Y eso, a pesar de que la inmensa mayoría de los medios de comunicación están de su parte!
En el fondo, todo se reduce al binomio más antiguo de la humanidad: el hombre que juega a ser Dios unido a un afán desmedido por alcanzar el mayor poder. Y en esta carrera a ninguna parte (acumulan tesoros y gloria para ser, al cabo de unas decenas de años, los más ricos y poderosos del ... ¡¡¡cementerio!!!) tienen que quitarse de en medio todos los obstáculos que les impiden alcanzar sus fines, empezando por el lugar en el que se transmiten los valores naturales en los que se forma a la persona: la familia; y dentro de ella rompiendo los matrimonios, promoviendo el desprecio a la vida, relativizando la moral, inculcando los principios del laicismo, adoctrinando a los hijos en contra de la opinión de sus padres, permitiendo el menosprecio a la autoridad, fomentando la violencia mediante la “ley del más fuerte”, ...
Ya se sabe, todo vale con tal de tener poder, de conseguir la mayor influencia política, social y económica. ¡Maldita masonería!
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